EL CIELO

A veces me pregunto cómo será el cielo 

Dame la paz que necesita mi alma. Concédeme la gracia de descansar en ti, de confiar en ti, de dejar todas las preocupaciones a tu cuidado. Tú te encargaras de solucionarlas mejor que yo. Me abandono para vivir con alegría el ahora y hacer felices a los demás». Esa actitud ante la vida es la que calma mi corazón herido. Cuando vivo en rebeldía, frustrado por no lograr lo que deseo, me lleno de amargura. La mirada alegre y confiada es la que me sana y salva. Un corazón alegre y confiado es el que más deseo. Un corazón que sabe poner su confianza en Dios. Estoy tan lejos. Quiero alegrarme con el que ríe. No vivir con envidia ante el que triunfa. Quiero conformarme con lo que tengo. Mirar confiado mi futuro, no con miedo. Sin temor a perder lo que poseo y no alcanzar nunca lo que envidio. Estoy convencido de una cosa. Es más feliz el que menos necesita, no el que más tiene. El que más posee siempre quiere más. Nada de lo que tiene en sus manos es suficiente. Sufre buscando más. La codicia nubla el ánimo. Nunca estoy contento con lo que tengo. ¿Dónde está la raíz de mi pobreza verdadera? 

Quiero ser pobre de Dios. Vivir anclado en aquel que le da seguridad a mi alma. El que sana mis heridas. El que calienta mi corazón. El que enciende mi ánimo e ilumina mis pasos. Quiero vivir pobre, desprendiéndome de todo lo que me ata e inquieta. No quiero necesitar más de lo que me conviene. 

Libre de mis apegos. Libre de todo lo que me preocupa. No deseo más gloria ni honor. Ni fama ni éxitos. Esa pobreza del que lo tiene todo en el Dios de su camino. Así quiero vivir. ¿Cuáles son mis apegos? Miro a mi alrededor. Me veo lleno de cosas que me atan. Quisiera tener un corazón más libre, más de niño, más gozador de la vida que toco. Un corazón alegre que descansa en Dios. . 

Quiero vivir enamorado de Dios. Anclado en Él. Él hace posible que mi corazón no tema. Lo he visto en los santos. Lo he comprobado en personas de Dios que conozco. Es una certeza, aunque viva sin vivirlo. Lo sueño, lo deseo. Quiero vivir de tal manera unido a Dios que no viva angustiado por el futuro incierto, por lo que no controlo. Todavía no sé hacerlo. Me sé muy bien la teoría. Porque es vida en muchas almas. Y sé que el abandono es posible si logro tener mi corazón anclado en Dios. Mi barca descansando en el puerto seguro del corazón de Jesús. Entonces dejarán de pesarme los días. Y el cansancio no será nada en mis pies descalzos. Iré calmado y seguro sabiendo que mi vida no me pertenece. Es de Dios y yo soy suyo. 

Y todo lo demás es amar y ser amado. Y caminar hacia un cielo que sueñan mis ojos ciegos. No sé 
cómo se hace para que la paz sea un río en mi alma. No sé cómo vivir sin miedos cuando todo me 
da miedo. No sé cómo amar sin sufrir, el sufrimiento me duele muy dentro al perder lo que amo. Y 
vuelvo a amar de nuevo. Sé que sufriré al perder. En el cielo todo será armonía, descanso y paz. 
No quiero equivocarme al anclar mi corazón. Quiero mirar a Jesús confiando en Él. Como un niño 
que sabe que su Padre lo controla todo. 

Después de todo el cielo debe ser una maravilla a la que todos aspiramos estar algún día, pero que nuestros apegos terrenales nos hacen dejarlo para más tarde, es como un niño al que le guste una golosina, que le atrae el olor el sabor el gusto y la forma que tiene pero nosotros lo dejamos en una bolsita y el niño la mira relamiéndose los labios y con ganas de cogerla de que me despiste para que entre en su paladar, nosotros mientras tanto vigilantes, 

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