lA CIUDAD

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LA CIUDAD PERFECTA 

Érase una vez que se era Erase una vez una ciudad donde todo era perfecto, tan perfecto era todo que la gente no se juntaba unos con otros, para no contagiarse. Desde pequeños se les enseñaba a limpiarse bien las manos, una higiene personal perfecta, y todo lo que tenían que hacer en sus casas, Les enseñaban como debían comportarse en la calle, como debían relacionarse unos con otros. En las tiendas siempre estaban separados a distancias prudenciales, no podían entrar en mogollón a comprar cosas, y todos por supuesto iban con mascarillas, guantes, zapatos recubiertos y grandes blusas que cubrían la ropa que llevaban, vamos una barbaridad, bárbara. 

 Érase una ciudad donde nunca la gente se relacionaba más allá de metro y medio, y se despedían unos de otros inclinando la cabeza, nada de besos, nada de abrazos, nada de na. Cuando estaban en las casas no se relacionaban unos con otros, las habitaciones eran individuales, nunca se juntaban más de 3 personas en la habitación más grande y manteniendo las distancias. Cuando comían lo hacían por turnos, según las distintas actividades que cada uno hacía en su trabajo, así había turnos matutinos a las 13 horas y sucesivamente hasta el último que era a las 15 horas de la tarde. Por las noches ocurría lo mismo que al mediodía, y por supuesto en el desayuno se respetaba escrupulosamente estos horarios. Era esencial mantener estos hábitos para que no hubiera contactos entre los miembros de la familia. Normalmente las familias eran de 4 miembros como máximo, es decir 1 o 2 hijos, y cuando las personas eran mayores a partir de los 75 años como mucho, los llevaban a grandes recintos llamados residencias donde las personas terminaban el resto de sus vidas, allí por supuesto mantenían las mismas normas que estaban practicando cuando estaban en sus casas. De esta forma era un tránsito para ellos, y no les resultaba muy difícil, porque era lo normal que se hacía. Igual que de pequeños se les enseñaban como debían comportarse, igual se les enseñaba como debían acabar el resto de sus vidas, y por ello no existía la más mínima sensación de soledad cuando abandonaban a sus familias. Normalmente acudían a visitarlos en el mejor de los casos una vez por semana, y lo hacían de viernes a domingo, en escrupulosas horas de visita, hacían un sorteo y empezaban por una letra y a partir de ella comenzaban las visitas, éstas tenían grandes normas para que no hubiera aglomeraciones, y el tiempo de duración no era superior a 10 minutos por familia. Iban a una habitación convenientemente preparada, con una gran mampara y dos sillas una a cada lado de la mampara, allí se acercaba el familiar le hacía un saludo reverencial, y compartían cuatro conversaciones, no más de 3 minutos por persona, porque tenían que distribuirlo entre los otros miembros de la familia, aquellos que eran uno sólo que eran los menos, tenían la gran suerte de poder hablar hasta 10 minutos. Normalmente se decían cosas previamente programadas por otras personas y no podían demostrar grandes sentimientos entre ellos, cuando terminaba la conversación se despedían con una ligera inclinación y se decían adiós hasta la semana que viene. No había lágrimas ni lloros, ni sonrisas afectivas ni nada de nada. En aquellos casos en que las distancias eran mayores, las visitas no eran semanales sino quincenales porque existía un mínimo de distancia para salir fuera de las ciudades. Cuando las personas morían los llevaban a grandes crematorios, y sólo una persona de la familia, podía asistir debidamente autorizado, no había ningún acto religioso ni de culto, luego a su término se le entregaba una pequeña jarrita para que conservaran a sus seres queridos en un pequeño recinto debidamente habilitado.  

Érase una vez una ciudad, que así era, una ciudad donde no existían sonrisas ni lágrimas, ni na de na, sólo lo relatado en este triste cuento, será así la ciudad del futuro cuando pasen muchos años???? 2 De repente Y de repente aquí, algo ha cambiado, la habitación tiene otro color Y de repente, hay más aire, la luz tiene otro color Y de repente, deje mis manos, deje mis pies, en tu regazo y me fie Y de repente probé hacer a tu manera, y probé dejar de hacer en mi Y de repente en ti me confié, y solté, el lastre que llevaba Y de repente tu misericordia, tu amor y tu pasión entraron Llenaron toda mi habitación, y la ventana abrí para espaciarla Y todas la ventanas se abrieron de par en par inundándolo todo Y de repente canté y alabé tu gran fidelidad Hoy de repente Tu estas en mi presente Y de repente tus manos y tus pies Se abrazan y convergen por la aurora celestial Bésame Señor que yo te quiero Y de repente me siento feliz y dichoso !!!Todo termina bien, hay buenas noticias!!!! Cada vez menos muertes, menos contagios Volvemos a vernos como siempre, de repente Mi amor  

Por la Estela de la noche.

Abogado Escritor

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