Subida por la cuesta de la Alhambra

La sombra y el ciprés marcan las horas en las eternas tres del mediodía; 

al fondo, cada lápida es un día, calendario de estériles esporas. 

Cuerpo y alma escindidos, evaporas tu recuerdo postrero al alma mía oculto, como estás, en verde umbría, 

que en piedra vives y que en polvo moras. 

Duerme el letargo de la voz callada, lento invierno que sueña primaveras con paciencia de trémulas semillas 

hasta que al fin escuches la llamada 

-almendro en flor que rompe las esferas- que informará el temblor de las arcillas. 

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